Trump pierde mayoría en cámara baja pero también gana

Donald Trump había insistido en que estas elecciones legislativaseran un referéndum sobre su gestión y el resultado no es bueno para él. Ha vuelto a perder el voto popular, como ya lo perdió en el 2016, a pesar de que ganó la presidencia.

No es bueno para Trump que los republicanos hayan perdido el control de la Cámara de Representantes, la cámara baja del Congreso, la que tiene la potestad de poner en marcha las iniciativas legislativas. Los demócratas, a partir de enero, cuando los diputados juren sus cargos, levantarán un muro contra el nacionalismo blanco del presidente, su xenofobia, proteccionismo y anti liberalismo. Los demócratas, asimismo, podrán llenar el buzón de la Casa Blanca con citaciones de todo tipo, exigiendo a Trump que haga públicas las declaraciones de la renta o explique las relaciones de su campaña electoral del 2016 con el Kremlin. El fiscal especial Mueller, que investiga la injerencia rusa en el proceso electoral, tendrá ahora el apoyo parlamentario que la anterior mayoría republicana le había negado.

Trump, sin embargo, también gana. Los republicanos han ampliado la mayoría en el Senado, lo que permitirá al presidente contener las propuestas legislativas de los demócratas y, en última instancia, resistir sin problemas un posible ‘impeachment’. Este juicio político debe iniciarlo la cámara baja, pero es la cámara alta la que juzga al presidente y es necesario un voto en contra de dos tercios para destituirlo. Los demócratas, conscientes de esta dificultad y del deterioro electoral que sufrieron los republicanos tras el “impeachment” a Bill Clinton en 1999 no contemplan, de momento, iniciar el proceso contra Trump.

Estas elecciones, agitadas por el racismo sin disimulo del presidente, agrandan la brecha entre la mayoría metropolitana y la minoría rural en Estados Unidos.

La demografía va en contra de los conservadores blancos y nacionalistas del medio oeste y el sur. Por eso Trump apela a sus instintos más primarios para que voten en masa. Durante la campaña no ha mencionado para nada la sanidad o la buena marcha de la economía, si no la raza y inmigración, temas que apelan a la identidad y mantiene alta la tensión, es decir, la movilización de su electorado base.

La demografía juega a favor de las clases medias urbanas y suburbanas, mucho más transversales, que repudian el racismo y la división que siembra el presidente. Estas personas se han volcado en las urnas como pocas veces en unas elecciones de medio mandato como las de ayer. La alta participación ha sido importante para decantar la Cámara de Representantes del lado demócrata. Los distritos electorales en las zonas suburbiales, es decir, residenciales, de las grandes ciudades, ya no son seguros para los republicanos.

 

 

En estas áreas metropolitanas, además, han surgido nuevas candidatas -mujeres a lomos del movimiento #MeToo- y políticos sin experiencia pero con un mensaje progresista y muy claro contra Trump.

Contener el entusiasmo de estos nuevos congresistas republicanos será tarea de la nueva presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, una veterana de la política que suele conducir con las luces largas. Si los demócratas tienen alguna posibilidad de evitar un segundo mandato de Donald Trump en el 2020 han demostrar que pueden gobernar sobre asuntos importantes como la sanidad, la educación, los derechos electorales, la inmigración y las infraestruturas.

El resultado electoral indica claramente que los estadounidenses quieren que la Casa Blanca esté más controlada por el poder legislativo. A partir de aquí, lo ideal en una democracia inclusiva y más sana sería buscar el compromiso, pero esto es difícil que suceda. Trump, sin embargo, sólo se reconoce en la confrontación. Si ganó en el 2016 con un discurso ultra nacionalist que ahora ha sido, incluso, más intenso, es lógico pensar que abordará la reelección del 2020 con la misma estrategia airada y vengativa contra todo tipo de enemigos, sean inmigrantes centroamericanos, “terroristas” árabes, aliados “desagradecidos” como los europeos o competidores comerciales tan “deshonestos” como los chinos.

 

 

En el 2020, los republicanos se jugarán 20 escaños del Senado, muchos más que los demócratas -ahora ha sido al revés-, y la campaña será mucho más compleja para todo el partido conservador. Es verdad que los demócratas no controlan estados importantes en unas presidenciales como Florida, Texas y Ohio, pero han ganado otros, como Kansas y Michigan, que en el 2016 votaron a favor de Trump. Las derrotas que los candidatos republicanos a gobernador en Texas, Florida y Ohio, además, han sido por estrecho margen.

Trump puede sacar pecho -lo hace hasta cuando pierde- pero no puede estar tranquilo. El Senado es mucho menos representativo que la Cámara de Representantes. El grueso de la sociedad estadounidense rechaza su nacionalismo y su xenofobia. La investigación sobre su entorno económico y sus prácticas políticas seguirán adelante.

Arranca, por tanto, un periodo de dos años, que será muy duro en Washington. La confrontación está servida. Preguntado por la nueva mayoría demócrata en la cámara baja, Trump dijo, “que hagan lo que quieran, que yo haré lo que quiera”.

 

Con Informacion de Sin embargo